viernes 25 de abril de 2008

Las Novias

Ésto me lo contó el hijo de un vecino, que le ocurrió una vez:
El chico encuentra novia para casarse y se lo comunica al padre:
• Papá, he encontrado al amor de mi vida, me voy a casar.
• Sí hijo, ¿Y quién es ella?
• Cipriana, la hija del carnicero.
• ¿Cipriana? Ufff, hijo yo... Lo siento pero con esa chica no te puedes casar. En realidad es tu hermana. Yo de joven, pues... vivía la vida y... en fin, esperaba no tener nunca que revelarlo, pero ahora no me queda más remedio, es tu hermana.
El pobre hijo se va con un disgusto de cojones pues le había costado un huevo encontrar novia para casarse. Pero al cabo de 8 meses ya había encontrado otra y se lo dice de nuevo al padre:
• Papá, he encontrado al amor de mi vida, me voy a casar.
• Sí hijo, ¿Y quién es ella?
• Paquita, la hija del zapatero.
• ¿Paquita? Jodeeer... Hijo yo... No se cómo decirte pero... Ella también es tu hermana.
• ¡Pero papá, joder!
• ¡Compréndeme hijo! Yo era joven, tu madre y yo no pasábamos una buena racha y... en fin.
Nuevamente jodido hasta la médula deja a la segunda novia. Pero es capaz de recuperarse del trance y al año y medio va donde el padre con una nueva candidata:
• Papá, he encontrado al amor de mi vida, me voy a casar.
• Sí hijo, ¿Y quién es ella?
• (Acojonado pero firme) Marieta, es huérfana de madre, (además es negra).
• ¡Mecagüen…!
• ¡Papá no me jodas, eh!
• Hijo yo... Fui voluntario en la cruz roja... Todavía joven... Tú eras muy pequeño... Tu madre y yo... queríamos vivir la vida...
El hijo no lo soporta más y se marcha llorando a su cuarto.
Alertada por los sollozos se acerca la madre que le pregunta por su estado. El hijo, destrozado, le explica las tres intentonas:
• Mamá, me quise casar con Cipriana y resulta que es mi hermana porque papá de joven... En fin, también con Paquita y lo mismo, ¡y hasta con Marieta!, ¡no puedo más, coño!
• Hijo, responde la madre, cásate con la que te salga de las narices que ese tío no es tu padre.

El Coche Fantasma

La historia ocurrió hace algún tiempo, y aunque parezca sacado de una película de Alfred Hitchcock, dicen que fue real y que pasó cerca del pantano de Alarcón, en Cuenca.
Un hombre estaba parado a la orilla de la carretera a medianoche haciendo autostop, mientras estaba cayendo una tormenta tremenda.
Pasó un tiempo pero nadie se paraba para llevarlo. La tormenta era tan fuerte que apenas si se alcanzaba a ver a unos 3 metros de distancia.
De repente, vio como un coche con las luces apagadas se acercaba lentamente y al final se detuvo frente a él.
El hombre sin dudarlo, por lo precario de su situación, se sube al coche y cierra la puerta.
Mira hacia el asiento de al lado y se da cuenta con asombro de que nadie va conduciendo el coche.
El coche arranca suave y pausadamente. El hombre comienza a escuchar voces que susurran algo que no entiende, y oye jadeos y quejidos, pero, no hay nadie dentro del coche.
Mira hacia adelante, a la carretera y con horror se percata de que delante hay una curva.
Asustado, comienza a rezar e implorar por su salvación al advertir su trágico destino.
Aún no ha terminado de salir de su espanto cuando, justo antes de llegar a la curva, aparece una mano tenebrosa por la ventana del chofer y mueve el volante lentamente pero con firmeza.
Paralizado por el terror y sin aliento, medio cierra los ojos y se aferra con todas sus fuerzas al asiento; inmóvil e impotente ve cómo sucedía lo mismo en cada curva del oscuro camino, y los quejidos y jadeos aumentaban en cada momento, lo que le provocaba tal espanto que cada vez se acurrucaba más en el asiento.
De pronto escucha unas voces jadeantes que le dicen...
- No te escondas, que te vemos,.... ¿por qué te escondes?
Totalmente helado por el pánico, tras varios segundos sin atreverse a contestar, y ante la insistencia de las voces que le repetían lo mismo una y otra vez, responde...
- Por favor no me hagáis nada!, ¡Por favor.... no!
- ¿Qué no te hagamos nada Hijo de Puta?, como no salgas del coche y empujes como los demás, te vamos a inflar a ¡¡¡¡¡¡HOSTIAS!!!!!!

martes 15 de abril de 2008

La Primera Vez

¡¡Era mi primera vez!! Salí de casa sumamente nerviosa, no sabía como sería aquello. Además, era mi primera vez, sin embargo, ya se lo había prometido y no podía echarme atrás. No debía tener miedo. Al fin y al cabo era yo quien había querido voluntariamente. Cuando llegué a la puerta un escalofrío estremeció todo mi cuerpo.
Luego, al abrir la puerta, tuve que hacer un esfuerzo por controlar el temblor de mis piernas. Entré... y allí estaba él esperándome, sonrió e inmediatamente me tomó por el brazo y me llevó a una habitación muy bonita. Amablemente, me invitó a acostarme y me dijo que me pusiera cómoda, que me relajara... que él estaba acostumbrado a hacerlo y que no me iba doler. Aunque era mi primera vez, él me inspiró bastante confianza y comprendí que no podría encontrar una persona más adecuada para hacer lo que estaba a punto de hacer, dada toda su experiencia. Poco a poco, se fue acercando. Creo que notó mi nerviosismo y trató de tranquilizarme diciéndome que era un verdadero experto y que sabía perfectamente cómo hacerlo, ya que lo había hecho muchas veces y nunca había recibido ninguna queja.
Por fin, cuando mis músculos comenzaron a relajarse, me indicó cuál era la postura más adecuada y, poniéndome la mano en el hombro, continuó diciéndome cosas muy agradables para darme ánimo. Fue en ese momento cuando comencé a sudar. De pronto, la proximidad entre los dos se hizo inminente, sentí la presión de sus manos en mi brazo y el cálido aliento de su boca acercarse a mi rostro.
De repente, me entró algo duro y me estremecí, ya que mi cuerpo no estaba acostumbrado a este tipo de sensaciones y comencé a ponerme muy ansiosa. De pronto, comencé a sentir un dolor insoportable y lancé un grito mientras todo mi ser se estremecía. A medida que transcurrían los minutos el dolor se iba haciendo más y más fuerte y no tardó en empezar a salirme un poquito de sangre. Le supliqué que sacara su instrumento por un momento, porque me estaba doliendo mucho, pero me dijo que no podía dejarme así. Grité angustiada y dolorida hasta que me salieron unas lágrimas.
Inesperadamente, el dolor cesó y mi cuerpo fue recorrido por una indescriptible sensación de bienestar y placer. Entonces, me di cuenta de que todo había acabado y finalmente llegó la hora de marcharme.
Como bien podrán imaginar le agradecí a mi dentista que me hubiese sacado esa muela que tanto me dolía y me despedí pidiéndole disculpas por mi comportamiento tan exagerado. ¡¡¡Muchas gracias Doctor!!!